Para compensar, ahora entreno a dos equipos de categoría escolar, así vuelvo a vivir esas divertidas mañanas de sábado.
Los más pequeños van corriendo como locos detrás del balón, todos gritan a la vez pidiendo el pase, muestran una enorme ilusión y ponen cara de velocidad, mientras los padres animan y se lo pasan en grande. Las pocas canastas anotadas se celebran como si hubiesen ganado el título de la NBA.
En los partidos de chavales más mayores siempre hay algo más de tensión y competición, se ven jugadores que ya demuestran su talento, los entrenadores no paran de gritar dando instrucciones, hay variedad de sistemas de juego y se ven canastas de todo tipo. Suelen ser partidos bastante entretenidos, menos algunos que tienen especial obsesión por meter un contundente repaso al rival cuando hay una notable diferencia de físico y nivel.
Me gusta también prestar atención a esos pequeños y simpáticos detalles que rodean a un partido escolar; por ejemplo esos hermanos pequeños que aprovechan cualquier momento que queda una canasta libre para echar unos tiros e intentar imitar a los mayores, o esos padres que corren por la banda más rápido que los jugadores mientras animan y gesticulan. Lo más importante es la gran ilusión con la que acuden todos a disfrutar del deporte, la mejor forma de pasar la mañana del sábado.
